jueves, 9 de febrero de 2012

lunes, 26 de diciembre de 2011

Un "novecento" andaluz

Según la prensa, el hijo de no sé qué aristócrata declaró que los andaluces son poco amigos del trabajo, o algo similar. En respuesta -y reconociendo en ello, en el siglo veintiuno, la voz de una autoridad natural y antigua- un puñado de sindicalistas ocupa una finca y exige que se desdiga el señor.

Roles caducos: proletariado, aristocracia e izquierdismo redentor. Como caduca es su antigua conflagración. Un anacronismo con pátina decimonónica, que sube al escenario de la prensa nacional.

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Desenlace:

La jefa de la casa anuncia que su hijo habló a título personal; que la opinión oficial es que los andaluces son amigos de trabajar. Reconocida así la virtud, queda saldado el conflicto y satisfecho el honor.

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martes, 20 de diciembre de 2011

La que tenía la conciencia tranquila

Obviamente, era una mujer. Algo menos obvio –pero también- es que su tranquilidad de conciencia era un signo más –no el mayor- de su propensión a estimar sus propias emociones como el fiel de la realidad entera.

Al decir esto, debo aclarar que el postulado filosófico acerca del carácter emocional de los juicios morales, tardó mucho en merecer por mi parte una consideración atenta. Durante años y años, me pareció que esta explicación empirista adolecía, más que de falta de una mínima universalidad, de un insufrible narcisismo. Hoy entiendo que describe lo más frecuente de nuestra realidad moral, aunque no desgrane por sí sola cualquier realidad posible.

Pero -a lo que iba- aquella mujer tenía la conciencia tranquila. Esa conciencia que queda como un haber o un debe ante el jurado de uno mismo, cuando alguna dimensión de la faena ya terminó. Era –decía- una buena hija y, para mayor tranquilidad futura, era una buena esposa y una abnegada madre.

Para quienes la conocían, lo más llamativo era su obstinada negativa a  contrastar los motivos de tanta tranquilidad. Ante cualquier indicación, fruncía el ceño, levantaba y atropellaba la voz, se enfrascaba en un monólogo tan vehemente como reiterativas e inconexas eran sus razones. Los ojos se hinchaban hasta desplazar sus órbitas. Como si en sus gestos y palabras latiera –inconfesada- una sorda sospecha, o una desconfianza interior.

Su buena conciencia la hacía inmune a todo cuestionamiento; la aseguraba ante cualquier exigencia. En una ocasión sus palabras sonaron huecas –como desplomándose en la oquedad de una coartada:

Que nadie me diga lo que tengo que hacer: yo tengo la conciencia bien tranquila.

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lunes, 28 de noviembre de 2011

Una escena en el Albaicín

Paseé y repasé este barrio granadino cuando sus gentes eran mezcolanza en parte de gente de pueblo –el albaicín siempre fue como un pueblo adosado a la capital nazarita-, en parte señoritos de la ciudad que habían reformado casas para transformarlas en caprichosos cármenes, en parte población extranjera atraída por el exotismo y la belleza del lugar. El turismo aún no inundaba el barrio hasta impedir el disfrute de su todavía vigorosa idiosincrasia.

Mis recorridos por el barrio contaban con frecuencia –como una espina dorsal- con la calle Santa Isabel la Real, desde la plaza de San Miguel Bajo hacia la de San Nicolás, y viceversa. A mitad de camino, la Cuesta de María la Miel se empina hasta la moruna Puerta de las Pesas. Franqueados sus dinteles, se abre la Plaza Larga. En tiempos, hubo una barbería de caballeros, donde vejetes se arremolinaban durante las mañanas no para cortarse el pelo o recibir afeites, sino para la plática diaria, solaz cotidiano de ociosos jubilados.

Con la desaparecida barbería, hace recodo la Casa Pasteles. Cafetería popular con obrador de confitería que, por las mañanas, frecuentaban las albaicineras con sus carros de la compra o sus cestas de mimbre colmadas de carnes, frutas u hortalizas. Allí acontecía la plática del mujerío momentáneamente ocioso. Frente a la cafetería, el centro de la plaza con varios bancos de piedra que agradece el paseante, una vez remontada la empinada orografía de este barrio, desde el Paseo de los Tristes o la Carrera del Darro.

Aquella mañana ni un rayo de sol acariciaba la umbría de la plaza. En uno de estos bancos, ensimismado, un abuelo con cayado y sombrero se acurruca dentro de su abrigo. Llega un joven matrimonio, sin duda de turismo por el barrio: “Abuelo, ¿puede indicarme? Busco la calle no sé si de María la Miel, de María de la Miel, o de María la de la Miel…”

El abuelo, indolente y sin mirar, levanta imperceptiblemente la cabeza:

“No es Calle, es Cuesta.”


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martes, 30 de agosto de 2011

El ranking de Rouco

En la Jornada Mundial de la Juventud, de Madrid, el cardenal Rouco se dejó caer con que sólo el Papa es capaz de movilizar a un millón de jóvenes. Bueno estaría que no lo pudiera hacer una organización universal con tan alto nivel de implantación y penetración mundial. Pero lo que dijo el cardenal no fue sólo que el Papa lo pudiera hacer, sino que sólo él lo podría lograr.
Añadiré que lo más desacertado de esa afirmación no es su impropio ir de farol. Es que sus palabras autorizan la publicación de un ranking de personalidades y objetos con capacidad de movilización. Incluso, en este ranking no debería computar sólo el carisma, sino también los medios con los que cada uno cuenta para movilizar. A estos efectos, se podría pensar por ejemplo en el carisma, recursos e infraestructura de los que disponen Madonna, el Papa, Martes y Trece, Las Virtudes, el Depor, o –para culturizar los gustos- el retrato de La Mona Lisa que hay en el Louvre. Seguro que al cardenal no le gustaría ver al Papa ubicado en semejante equiparación. Es lo que sucede cuando el afán de la política hace que se pierda de vista lo esencial. Porque tengo para mí que la naturaleza de la Iglesia es la que es. Pero el volantazo de Wojtyla ha puesto a muchos en el disparadero de dotarla de una relevancia pública basada en lo que no es.
La memoria de los hombres es, como ellos mismos, perecedera. Pero también –como en todo- hay modos de morir. Todavía muchos recuerdan al cardenal Tarancón, ese cardenal postergado por el triunfante “no tengáis miedo” wojtyliano, o a lo menos se recuerda lo que supuso y fue. Sin embargo, hoy ¿qué se recuerda de su sucesor?

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lunes, 25 de julio de 2011

Su lógica inconexa, una vez más

En televisión, un noticiario proyecta imágenes sobre los atentados de Noruega. El locutor siempre repite lo mismo. Sin duda no hay noticias nuevas, pero hay que sostener la pantalla.
Bocadillos de relleno: primeros ministros de países desarrollados han enviado mensajes de solidaridad. Esa palabra sosaina que nada dice y poco compromete. Entre ellos, el presidente Zapatero. Se dice que, en su misiva, alude a nuestra experiencia dolorida de los zarpazos terroristas. No recomienda que el primer ministro noruego inicie conversaciones con los asesinos, para restablecer la paz. Tampoco sugiere que un empate pudiera igualar a las partes y resolver el conflicto.
El presidente equipara unos hechos, pero sin que de ellos se sigan consecuencias semejantes. ¿Entenderá quizás que, en el caso español, haya algo diferente o yuxtapuesto a un escueto y bárbaro terrorismo…?

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miércoles, 13 de julio de 2011

Una cerveza en Sintra

Octubre de 2010. La carretera que atraviesa Sintra, a la altura de una curva, deja a un lado la explanada que se abre al Palacio Nacional. Al otro lado una reducida anchura donde se agolpan contados bares y restaurantes. Terrazas en la puerta. Nos sentamos a una mesa con hule de dibujos blancos sobre fondo rojo.

Un camarero que frisaría la treintena. Como casi siempre en Portugal, en un español muy más que aceptable:

-        ¿Qué van a tomar?

Pedimos una coca-cola y un tercio de cerveza. De una de las dos marcas que, popularmente, se sirven en Portugal.

Permanecemos en la mesa el tiempo justo para tomar la consumición y, brevemente, descansar.

Otro camarero bastante más joven.

-        La cuenta, por favor.

Un ticket: 8,70 euros.

-        Oiga, aquí debe de haber un error.

El joven muestra la lista de precios. (¿A usted, lector, alguna vez se le ha ocurrido que debía pedir la lista de precios para saber previamente lo que cuesta una coca-cola o un tercio de cerveza?)

-        Pero esto es exagerado…
-        Se lo pueden decir a mi jefe. Yo pienso como usted.
Pero Sintra es así… Viene gente y hay pocos bares… Por aquí todo el mundo sabe que Sintra es así.
-        Entonces, si hubiéramos pedido de comer…
-        No crea usted. En Sintra es más barato comer que tomar una cerveza o un café. Sintra es así…
-        Pues esto habrá que contarlo.
-        [Jovial, divertido y como quien no tiene, en el asunto, interés] No, por favor…

Pagamos y nos vamos.

-        Esto habría que escribirlo en internet…


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