Paseé y repasé este barrio granadino cuando sus gentes eran mezcolanza en parte de gente de pueblo –el albaicín siempre fue como un pueblo adosado a la capital nazarita-, en parte señoritos de la ciudad que habían reformado casas para transformarlas en caprichosos cármenes, en parte población extranjera atraída por el exotismo y la belleza del lugar. El turismo aún no inundaba el barrio hasta impedir el disfrute de su todavía vigorosa idiosincrasia.
Mis recorridos por el barrio contaban con frecuencia –como una espina dorsal- con la calle Santa Isabel la Real, desde la plaza de San Miguel Bajo hacia la de San Nicolás, y viceversa. A mitad de camino, la Cuesta de María la Miel se empina hasta la moruna Puerta de las Pesas. Franqueados sus dinteles, se abre la Plaza Larga. En tiempos, hubo una barbería de caballeros, donde vejetes se arremolinaban durante las mañanas no para cortarse el pelo o recibir afeites, sino para la plática diaria, solaz cotidiano de ociosos jubilados.
Con la desaparecida barbería, hace recodo la Casa Pasteles. Cafetería popular con obrador de confitería que, por las mañanas, frecuentaban las albaicineras con sus carros de la compra o sus cestas de mimbre colmadas de carnes, frutas u hortalizas. Allí acontecía la plática del mujerío momentáneamente ocioso. Frente a la cafetería, el centro de la plaza con varios bancos de piedra que agradece el paseante, una vez remontada la empinada orografía de este barrio, desde el Paseo de los Tristes o la Carrera del Darro.
Aquella mañana ni un rayo de sol acariciaba la umbría de la plaza. En uno de estos bancos, ensimismado, un abuelo con cayado y sombrero se acurruca dentro de su abrigo. Llega un joven matrimonio, sin duda de turismo por el barrio: “Abuelo, ¿puede indicarme? Busco la calle no sé si de María la Miel, de María de la Miel, o de María la de la Miel…”
El abuelo, indolente y sin mirar, levanta imperceptiblemente la cabeza:
“No es Calle, es Cuesta.”
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