Obviamente, era una mujer. Algo menos obvio –pero también- es que su tranquilidad de conciencia era un signo más –no el mayor- de su propensión a estimar sus propias emociones como el fiel de la realidad entera.
Al decir esto, debo aclarar que el postulado filosófico acerca del carácter emocional de los juicios morales, tardó mucho en merecer por mi parte una consideración atenta. Durante años y años, me pareció que esta explicación empirista adolecía, más que de falta de una mínima universalidad, de un insufrible narcisismo. Hoy entiendo que describe lo más frecuente de nuestra realidad moral, aunque no desgrane por sí sola cualquier realidad posible.
Pero -a lo que iba- aquella mujer tenía la conciencia tranquila. Esa conciencia que queda como un haber o un debe ante el jurado de uno mismo, cuando alguna dimensión de la faena ya terminó. Era –decía- una buena hija y, para mayor tranquilidad futura, era una buena esposa y una abnegada madre.
Para quienes la conocían, lo más llamativo era su obstinada negativa a contrastar los motivos de tanta tranquilidad. Ante cualquier indicación, fruncía el ceño, levantaba y atropellaba la voz, se enfrascaba en un monólogo tan vehemente como reiterativas e inconexas eran sus razones. Los ojos se hinchaban hasta desplazar sus órbitas. Como si en sus gestos y palabras latiera –inconfesada- una sorda sospecha, o una desconfianza interior.
Su buena conciencia la hacía inmune a todo cuestionamiento; la aseguraba ante cualquier exigencia. En una ocasión sus palabras sonaron huecas –como desplomándose en la oquedad de una coartada:
Que nadie me diga lo que tengo que hacer: yo tengo la conciencia bien tranquila.
©